ATAHUALPA POR CARLOS DI FULVIO

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ATAHUALPA POR CARLOS DI FULVIO

Mensaje  Carlos Allievi el Sáb Dic 06, 2008 10:49 am

Algún tiempo atrás, Carlos Di Fulvio prologó el libro del negro Héctor Ramos, "Atahualpa Yupanqui, el caminante y su sombra", y lo hizo brillantemente de ésta manera:

Don Ata


Al día siguiente, (24 de mayo de 1992) después que la noticia de la muerte de don Atahualpa Yupanqui llegara a la Universidad de la Sorbona, las autoridades de la casa de estudios ordenaron un minuto de silencio en homenaje y respeto hacia tan célebre nombre de lo que fue su persona; al enterarnos los argentinos, no faltaron las sarcásticas apreciaciones de algunos fompatriotas: "...Se creía San Martín, por eso se tuvo que morir en Francia; pero solo, como un perro..."
A propósito, ya que el "negro" Ramos me pide que escriba algún concepto sobre la personalidad de don Ata, citaré un episodio ocurrido en uno de los festivales de Cosquín mientras compartíamos el mismo camarín como símbolo de afecto y respeto mutuo, pues desde que compusiéramos juntos -a pedido de el Dr. Antonio Barrutia la milonga "El amigo"- siempre nos quedó voluntad y tiempo para la conversación como así también sinceridad para escucharnos.
De las canciones escritas por Atahualpa Yupanqui, en ninguna de las que yo recuerdo al menos, aparece "el perro" como protagonista; caso curioso ya que el perro ha sido y es para nuestro hombre de campo (preferentemente) algo así como su propia sombra...
Al retrotraer ambas imágenes "el perro" por un lado y "el amigo" por el otro, viene aquí el hecho de contar la respuesta que obtuviera de Atahualpa al citarle yo en aquella oportunidad la "Oda" escrita por don Miguel de Unamuno, sobre el concepto que tenía respecto al "pobre perro" cuando su "buen amo" muriera...
"Si, paisano!.. Ya se que el perro es el amigo del hombre -aunque para mí, más lo es el caballo- pero, que se cuide de su perro el amo que ya no pueda procurarle su alimento... ¡Se lo come el perro paisano, se lo come!...
Me dejó dudando y pensando, (condición muy de Atahualpa) tal vez por eso lo asocié inmediatamente con su ancestro lobo, con su remoto origen, con su historia.
Históricamente, la palabra "perro" fue un nombre de afrenta entre moros y judíos. Y a pesar del antagonismo pues en hebreo se dice "kaleb" y esto quiere decir nada menos que: todo corazón, todo cariño; arriesgué a decirle: mire don Ata, para el resto del mundo -como si el nuestro fuera uno aparte- el perro fue la conquista más notable, la más completa, la más útil que pudo hacer el hombre; el perro pertenece enteramente a su amo, se conforma con sus necesidades, le conoce, le defiende y, en ciertos casos, le es fiel hasta la muerte; en mi caso, don Ata, tuve uno a quien le llamaba "cabeza" y no digo que fue así exactamente como usted dice, pues no me comió el perro; pero que supo del ayuno, doy fe.
Me miró esquivamente, tipo refucilo, sonrió y comenzó a preludiar algo de Bach...
"Me ayuda a encontrar la palabra justa y el temple exacto para decirla.". Acotó luego de algunos acordes...
Más que interpretar, Atahualpa Yupanqui evocaba a Bach, como si rezara por que creía en él; Atahualpa Yupanqui, amaba a la música de Bach.
Raro y misterioso -propio de lo mágico- era un hombre cáustico y mordaz más que afable y tolerante: su palabra, con esa tonada propia y a la vez ajena que correspondía a una comarca imaginaria más que a la de su origen natal, con cierta cadencia norteña, casi "Tucumana", hablaba del sur, del río, de la pampa, de la selva, de la montaña o del cielo y de Dios, como si alguien, más allá de lo común y de lo esotérico, le hubiera confiado las minucias y grandezas del propio origen de las cosas.
Cuando lo hacía, y en especial si era con alguien que no conocía, como entretenimiento de un juego íntimo y secreto, mantenía paralelamente al asunto en sí de la conversación, otro sentido, que si bien no llegaba a ser un "doble sentido", la mayoría de las veces (por no decir todas) apuntaba al escrutinio de la persona que ocasionalmente tenía como interlocutor; sobretodo a "los defectos" cuando ésta, acusando distracción, quería dar muestras de conspicua o sabihonda; eso, don Ata no lo toleraba porque si algo le molestaba seriamente, era la falta de atención. Detalle propio de los hombres que acostumbraban a hablar en serio, o mejor dicho; de cosas profundas.
Por eso, cuando encontraba en la persona con quien platicaba, alguna grieta o fisura de tal naturaleza, por ella se metía como una cuña en la piedra y no cesaba hasta demolerla para luego callar.
Tal manera de obrar, le valió muchos enemigos, -cosa que él no ignoraba- de personas que, al sentirse aturdidas por ese intelecto juego de suspicacia y palabras, en vez de seguir ovillando en madeja aparte la punta de cada hilo, se enredaban en los laberintos de alguno de ellos y quedaban meneadas, sin palabras ni argumentos válidos, muy molestas.
Es que Atahualpa Yupanqui siempre exigió, preferentemente: atención más que admiración.
Por eso, aquellos que dicen haberlo conocido por haber platicado alguna vez con él y ni siguiera captaron las artimañas tan criollas de su discurso, posiblemente hoy, después de su ya larga ausencia física, sigan malhumorados y pensando como aquél que dijo: "...Se creía San Martín, por eso se tuvo que morir en Francia; pero solo, como un perro..." mientras otros, los que aprendían tan solo por el hecho de haberlo escuchado, a medida que pase el tiempo así como la vida, notarán que se hace más grande y grato el recuerdo del maestro.
Y hay otros, aquellos que sin conocerlo lo presintieron enorme e inalcanzable, los que de solo escuchar su nombre sintieron una extraña sensación totémica; los mismos que hoy (anónimos o reconocidos) se sumergen en la guitarra no en procura de algarabías que proporcionan las fiestas, sino del silencio profundo que impone la religiosas catedrales; no para llorar, sino para rezar en ese ámbito donde cada movimiento por largo o breve que fuera tiene su exacto sonido dimensionado, sin adornos que le quiten su valía, ni artilugios que empobrezcan su belleza.
Y no solo los que abrazan con unción el sonoro madero perciben esa mística sensación; también la experimentaron aquellos que en el arte, sabiendo usar la minuciosidad de la vista para bien mirar y así poder fijar acabadamente un pequeño rasgo, o algún pálido color de la gran imagen -y me estoy refiriendo a los pintores- que después de haberse acercado al hombre como quien lo hace con un aljibe: a mirarlo por fuera y a pensarlo por dentro, cuando tuvieron que decidir su rostro: ¿Indio, o paisano?.. Sus manos: ¿Deformes o poderosas?.. Su mirada: ¿Ladina, o profunda?.. Al final de los esmeros entre pintar lo de adentro o lo de afuera, cuando hubieron de consolidar el retrato, algunos eligieron la firmeza del quebracho y otros la dureza de la piedra.
Así de dura era la imagen que prevalecía de Atahualpa Yupanqui a quien el destino eligió entre los hombre de nuestra época para que fuera el propio artífice de su propio arte, como un lazo de unión entre la tierra y el hombre.
Esta tierra nuestra que, como toda tierra guarda en sus entrañas casi como un olvido el recuerdo de haber parido hijos de toda laya: los que la amaron; los que la odiaron; los que la culparon; los que la malversaron; los que de ella se fueron; los que en ella se quedaron... Todos, menos quienes dicen haberla olvidado, pues eso es mentira. A la tierra no se la olvida por que en ella se ha nacido y por lo tanto es la patria, la madre patria que, como tal, vale por todos sus hijos, buenos o ingratos; y así como no le ofenden los reclamos de los más menesterosos, tampoco le halagan las loas de los soberanos. Y así como disimula y olvida la mala acción de los hijos que la traicionaron, así la tierra elige entre sus hijos a aquellos que parió para que le canten.
La tierra, solamente ella es la que elige a sus artistas y no así los concursos ni los festivales. Tan simple y así de serio considero que fue elegido don Atahualpa Yupanqui.

Carlos Di Fulvio


Agua Escondida


Allá en Los Tártagos hay,
sin más caminos que el río
un rancho, un corral de pirca
entre espinales floridos.

El viento pasa callao
parece que algo ha perdido
entre las liguillas altas
y el brillo del pedrerío

En Agua Escondida, junto al mistol,
descansa quien ha partido
y en noches las inaquiras
lo alumbran por el camino.

En el Norte Cordobçes
Los Tártagos es un río
que si no viene creciendo
es bien pando como el rocío.

Aquel paisano al cruzar
enancado en un silbido
y al paso de su caballo
pensaba en el pobrerío.

Esgar Di Fulvio


Zamba escrita en memoria
de Atahualpa Yupanqui
el 3 de Febrero del 2002


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